miércoles, 29 de agosto de 2007

Surgen mayores dificultades para seguir creciendo


En plena turbulencia financiera, los números de la economía real siguen dando señales positivas. Salvo que, en el nuevo contexto, los requisitos económicos e institucionales para mantener el paso serán mayores que en el pasado inmediato.El estimador mensual de actividad económica de junio tuvo un incremento del 8,3% en relación al del mismo mes del año pasado y estimaciones privadas consideran que el crecimiento de este año estará cerca del 8%, si las condiciones financieras externas no se deterioran.Dentro del conjunto, el crecimiento de la industria se redujo -en parte por la escasez de energía-, pero el consumo interno y las exportaciones sostuvieron el impulso.Como consecuencia de esta tendencia la tasa de desempleo trimestral bajó al 9,8% de la Población Económicamente Activa, si se computan como desocupadas las personas que reciben planes sociales. Se trata de una tasa todavía elevada pero que es aproximadamente la mitad de la que se alcanzó en 1995 y en lo más profundo de la crisis pasada.En este contexto algunos indicadores muestran la necesidad de introducir cambios. Uno de ellos es el gasto público, que tuvo un importante aumento en los últimos meses por pago de salarios, jubilaciones y subsidios, y que ha sido compensado sólo parcialmente por la mejora en la recaudación. Esto hace evidente que una vez avanzado el calendario electoral se planteará la necesidad de hacer ajustes para recomponer el superávit. Las nuevas condiciones externas plantean la necesidad de dar señales inequívocas de que no habrá retrocesos en la política de mantener un elevado superávit fiscal. Otro elemento de preocupación es la reducción del superávit comercial ya que, si bien las exportaciones, especialmente las vinculadas al agro, están en aumento, las importaciones han crecido a un ritmo mayor empujadas principalmente por el consumo. Queda finalmente por remontar la escasez energética.El Gobierno ha reaccionado ante la presión de la importación sobre la industria local, con una serie de medidas de control y requisitos administrativos, para evitar competencia desleal o violaciones a normas de seguridad o salubridad.La medida es oportuna no sólo por el avance de algunos bienes de origen chino, sino también porque por la previsible retracción de la demanda mundial, muchos exportadores quedarán con grandes saldos invendidos que tratarán de colocar en los mercados a bajo precio.Hay que tener en cuenta, no obstante, que medidas preventivas como las anunciadas pueden resguardar a algún sector en forma coyuntural, pero que la única defensa de largo plazo ante la competencia externa es mejorar la productividad y competitividad de la oferta local.Para eso son necesarias la inversión y la renovación tecnológica en la industria, el agro y los servicios transables, una mejor disponibilidad de crédito para la exportación y mas apoyo para el estudio y la penetración de mercados externos.Otro elemento a considerar es que, aunque la economía local tenga una posición sólida para afrontar la crisis financiera, en lo cual juega un papel decisivo la política de acumulación de reservas, las condiciones en las que se desenvolverá serán más severas que en el pasado inmediato: el crédito para los sectores público y privado será más caro, la demanda mundial de exportaciones argentinas se reducirá y la presión importadora será más intensa.El nuevo cuadro obliga, por lo tanto, a extremar los cuidados en materia de equilibrios macroeconómicos y de calidad institucional. La economía real sigue dando señales positivas en crecimiento y desempleo, pero no en superávit fiscal y comercial. Las medidas para defender la industria pueden tener efecto coyuntural, pero es necesario mejorar la competitividad. Por la crisis financiera será más difícil seguir creciendo. Es necesario mayor cuidado en la economía y en calidad institucional.

El Señor es mi Pastor

Por Oscar Thomas

“Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina”. “Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado” (Epístolas de San Pedro 2:1 y 21).


Durante toda la campaña electoral del año 2003, cuando se logró derrotar definitivamente en Misiones al proyecto de la falta de solidaridad cristiana que proponía el “sálvese quien pueda”, escuchamos con respeto las palabras del entonces candidato a vicegobernador, Pablo Juan Tchirsch, cuando informaba a la ciudadanía que el nuevo espacio denominado Renovación estaba compuesto no por políticos tradicionales, sino por buena gente con buenas intenciones y un programa para hacerlas realidad. En muchos actos y encuentros defendió su participación en la política debido a la naturaleza de este nuevo espacio, no contaminado -según sus propias palabras- por los antiguos vicios del clientelismo, el personalismo y el reparto de cargos. Agregaba además que lo más importante de la Renovación es que mostraba un proyecto de vida y esperanza para la ciudadanía, con logros ya alcanzados en parte durante la conflictiva administración desde 1999 hasta ese año de 2003, en la cual fue ministro de Educación y Cultura.

Hoy, después de romper con la Renovación, ha tenido la hidalguía de reconocer que siempre se ha trabajado en la línea correcta, que no hay corrupción y que el proyecto renovador sigue siendo viable. Cabe preguntarse entonces, si el proyecto es el correcto y la gente que lo lleva adelante es buena, ¿por qué se va de su seno para aliarse con exponentes de las viejas prácticas políticas que alguna vez criticó?

Esta es la pregunta que Pablo Tchirsch no ha sabido contestar hasta ahora.

Cuando la Renovación decidió elegir un candidato por consenso -luego de que se demostrara inviable la reelección del gobernador Carlos Rovira- fueron varios integrantes de este espacio los que propusieron su nombre. Pero ninguno dijo “iré como gobernador o no iré como nada”. En una mesa de pares, donde convivimos todos aquellos que aportamos nuestro granito de arena para que renovar la política en Misiones fuera un hecho y no mero palabrerío, la postura intransigente de Tchirsch quedó plasmada como una imposición.

Nadie se sienta a una mesa de negociación planteando que su postulación deberá imponerse o no habrá negociación alguna.

A pesar de ello, varios compañeros plantearon que la figura de Tchirsch debía ser tomada en cuenta, dado que mostraba un grado de reconocimiento alto en las encuestas, y porque además era una figura que permitiría la intermediación entre los espacios que habíamos fundado y que llevábamos adelante el programa renovador. Lo único que se le pidió al vicegobernador fue que se acordara un programa y que se definiera una política de equilibrio entre esos espacios.

La respuesta fue un incremento en la campaña personalista, y la aparición en los medios de personas que nunca tuvieron nada que ver con la Renovación, presentándose como voceros de Tchirsch, hablando de un nuevo gabinete de Tchirsch compuesto por figuras ignotas, e incluso denunciando corrupción en el gobierno, ante lo cual el propio vicegobernador tuvo que salir a desmentir, por el riesgo que implica denunciar algo después de ocho años de convivencia.

A la impericia de estos nuevos voceros, se sumó una convocatoria amplia a personas que apoyaran la candidatura del vicegobernador, para debatir un nuevo proyecto de provincia. Los resultados fueron muy magros. Un listado de buenas intenciones, sin definición de herramientas o de presupuestos -y además sin explicaciones de dónde se obtendrán los recursos- fue el resultado. “Se bajarán los impuestos y se subirán los sueldos”, fue la consigna.

Nada más contrario a la política renovadora a la cual adscribió y a la que todavía defiende Tchirsch. Porque la frazada es corta. Si se bajan los impuestos, no se pueden aumentar los salarios, excepto tomando deuda. Eso lo acerca más a Puerta y Menem que a la Renovación.

¿Desde que ámbito habla Pablo Tchirsch cuando dice esto? Ciertamente no lo hace como pastor de los humildes, porque en Misiones -y él lo sabe perfectamente- los impuestos que se cobran a los ricos se vuelcan en servicios y obras para los más necesitados. No hace falta reiterar un largo listado de obras y avances para confirmarlo. Por eso, cabe preguntarse si dicho planteo no se realiza desde el otro costado de la personalidad del candidato. El de fuerte empresario tealero que vería con buenos ojos bajarse los impuestos, con la promesa incierta de aumentar los salarios, cuando sabe muy bien que a menos impuestos menos fondos para distribuir y hacer obras.

Esa espiral ya la vivimos. Los argentinos sabemos que es imposible generar empleo e impulsar desarrollo dejando la política en manos del mercado.

Por otro lado, la técnica de convocar a la colancia para definir un programa, sin contar con equipos técnicos adecuados, también se asemeja a las convocatorias vacías del pasado, cuando se engañaba a la gente diciéndoles que estaban participando de la plataforma política y el programa de un partido, mientras en realidad todo eso estaba ya resuelto de antemano. Con el mayor de los respetos hacia la gente que respondió a esa convocatoria, deseo preguntarles: ¿alguno de ellos vio en esas reuniones a los profesionales, cuadros técnicos, especialistas, coordinadores o personas idóneas que durante todos estos años hicieron realidad las políticas de inclusión social y desarrollo de la Renovación?

Cuando alguien se va de un espacio político no se va solo. Y si ese espacio político es superador del anterior, la mejor gente se va en conjunto, como sucedió en el 2003 dentro del justicialismo, el radicalismo y otras fuerzas para conformar la Renovación. Se van por el proyecto, no por simples espacios de poder o por ambiciones personales.

El Hombre el Arco y la Flecha


Por Oscar Thomas y Daniel Llano

Dice un antiguo proverbio chino que “deben ser correctos el hombre, el arco y la flecha, porque si alguno de ellos no es el adecuado, se errará el blanco”.

No sirve de nada un proyecto político, una estrategia que se proponga al conjunto de la ciudadanía, sin una conducción idónea para llevar esa propuesta adelante. Este es el hombre del proverbio chino.

Pero si el arco -el instrumento- no es el adecuado, de nada servirá una buena conducción. En este caso, el arco del proverbio chino es el equipo de trabajo que aplica el proyecto en el terreno, en el campo de la sociedad real. Un dirigente sin equipo es como un arquero sin arco, le meten goles de todos lados.

Y finalmente, si la flecha está torcida o desbalanceada, tampoco se logrará el objetivo final, que es acertar el blanco. En este caso, se trata de las políticas que terminan afectando directamente la vida de la gente. Son las decisiones centrales en cuanto a salud, educación, seguridad, trabajo y servicios. Son las decisiones en infraestructura, en obra pública. Y también las de recaudación, ahorro e inversión.

En el caso de la flecha no hay lugar a discusiones: se acierta o yerra el blanco. No hay medias tintas. Se puede discutir sobre el color del mar, si es azul grisáceo o gris verdoso, pero lo que no se puede discutir es que el mar es salado. Es decir, se juzga por el resultado.

Hoy asistimos a la resurrección de figuras notorias de la década de los 90, bajo el sello de un Partido Justicialista fragmentado y en crisis, donde algunos de sus candidatos no saben (como en el caso del ingeniero Puerta) si van de gobernadores o de presidentes. Al verlos juntos de nuevo, no podemos menos que preguntarnos cuál ha sido el legado que dejaron al pueblo argentino esos dirigentes del pasado, hoy con ganas de reestrenarse. Es decir, los resultados concretos de sus políticas.

Para ser justos, podemos alegar en su favor que gracias a la apertura de nuestro mercado accedimos a determinadas tecnologías, antes lejanas para el poder adquisitivo argentino. También que se hicieron obras de infraestructura de gran tamaño. Y por supuesto, que fuimos, como nunca, reconocidos en el mundo con visitas e invitaciones extranjeras de todo tipo. Todos estos argumentos están siendo esgrimidos por esa dirigencia del pasado, como justificativo para lograr que la voluntad popular los elija de nuevo.

Pero reflexionemos un poco. Analicemos el costo que ha tenido para el pueblo argentino el acceso a cierta tecnología de punta, por ejemplo. Antes la tecnología quizás no era tan de punta, pero era nacional. Con la apertura cavallista, se terminaron de enterrar aquellos intentos de la década del 50, cuando un gobierno nacional (en serio nacional) pretendía fabricar autos, aviones, navíos, centrales atómicas, teléfonos y por qué no heladeras, cocinas y lavarropas también 100 % nacionales. En los 90 dimos un salto momentáneo, pero como el dinero con que comprábamos esa tecnología estaba artificialmente inflado, ese salto fue una fantasía. Hoy tenemos que comprar afuera hasta los cartuchos de la compu, y a precio dólar de verdad.

En cuanto a las grandes obras de infraestructura, cabe decir que éstas se hacen al servicio de la producción. Pero si un país no produce, ¿para qué quiere rutas, por ejemplo? ¿Tal vez para favorecer a empresas amigas? El recuerdo de nuestras vacías carreteras nacionales, con escasos camiones, alcanza para confirmar este acierto. Si la política económica no apunta al desarrollo, los productores no pueden pagar impuestos. Si no se pagan impuestos, las obras se hacen con deuda. Y esa deuda no la pagan los políticos que las contrajeron, sino los propios productores y el pueblo en general.

Ahora entendemos por qué fuimos tan bien recibidos en todo el mundo en aquella época. Fuimos, nada más y nada menos, un excelente negocio para quienes querían quedarse con el patrimonio acumulado de los argentinos. Para aquellos que, conociendo nuestra capacidad productiva y nuestra inteligencia en el trabajo, sabían que las deudas contraídas no desaparecen por un cambio de administración pública. Los políticos son contingentes, la Nación es pura permanencia.

En definitiva, el pasado los condena. Ni el hombre, ni el arco ni la flecha eran los adecuados.

Pero hablemos en positivo. Porque si hablamos sólo del pasado, sin proponer opciones hacia el futuro, estaríamos cayendo en el mismo pecado de pretender unir voluntades a partir de dudosas premisas.

La debacle de un modelo concentrador, aperturista y endeudador abrió nuevos rumbos en el país y en la provincia. El futuro comenzó a surgir como un tiempo digno de ser vivido, y no como la amenaza de ejecuciones prendarias a repetición. Esto no es simplemente haber dejado de lado prácticas políticas espurias. Significa -en lo profundo- que una nueva esperanza está anidando en el pueblo argentino.

Después de haber vivido (y sufrido) tres procesos de “plata dulce” (Martínez de Hoz-Videla, Sourruille-Alfonsín y Caballo-Menem) los argentinos aprendimos que los globos macrofinancieros no tienen nada que ver con nuestro espíritu creativo, trabajador y nacional. Pueden significar mucha pizza y champán en su momento, pero después, a la hora de pagar la provista, los que invitaron a la parranda se hicieron humo y hubo que ponerse.

Por eso, la estabilidad económica a partir de un signo monetario adecuado al tamaño de nuestro país no es un tema menor. Tampoco lo es haber recuperado la capacidad de financiar producción e inteligencia a partir de recursos genuinos y no con endeudamiento. Y mucho menos aún lo es haber establecido una estrategia de largo plazo, hoy defendida mayoritariamente por empresarios y productores. Porque todo eso significa futuro. Significa estabilidad y significa seguridad para invertir, para crecer, para formar una familia o elegir una profesión.

Nada de esto está incluido en la propuesta de la vieja dirigencia. No quieren hablar en serio del futuro, sólo aceptan hablar sobre supuestos logros del pasado, pero muy especialmente eligen declamar sobre el presente, señalando errores, denunciando supuestas corrupciones, colocándose como fiscales morales de la Nación. Cualquier ronda de amigo en una pizzería, con cerveza y sin champán, les diría a estos avivados: “está bien, vení, pero antes ponete porque siempre te rajás sin pagar”. Lo malo para este remozado frente político es que la deuda que dejaron es tan grande, que no les alcanza con todas sus amplias posesiones para responder el saldo. Y esto sólo si hablamos de lo material, porque la deuda espiritual es más grande.

El primer deber de un político es hacerse cargo de sus errores

Michael Ignatieff POLITOLOGO (UNIV. DE HARVARD), VICEPRESIDENTE PARTIDO LIBERAL DE CANADA

La guerra de Irak ha enfrentado a intelectuales y políticos con opciones gravísimas. En unos y otros, el sentido de la realidad y el peso de las ideas difieren. Pero en todos debe primar la noción de que sus actos y opiniones arrastran a todos los demás por los que están decidiendo.
La catástrofe de Irak ha servido de argumento para condenar el criterio político de un presidente. Pero también el criterio de muchos otros —yo entre ellos— que apoyaron la invasión .
Muchos pensamos que era la única oportunidad que tenía su generación de disfrutar de libertad en su país. Qué lejano parece ahora ese sueño . Desde que dejé mi cargo en Harvard, en 2005, y volví a Canadá para incorporarme a la política, no dejo de pensar en el desastre de Irak, de intentar comprender de qué forma las opiniones que debo emitir hoy en política tienen que ser mejores que las que ofrecí hasta ahora . He aprendido que, para tener buen juicio en política, hay que empezar por reconocer los errores .
El filósofo Isaiah Berlin dijo que lo malo de los intelectuales es que les importa más que las ideas sean interesantes que ciertas . Los políticos viven tan pendientes de las ideas como los pensadores profesionales, pero no pueden permitirse el lujo de tener en cuenta ideas que sean meramente interesantes. Tienen que trabajar con el escaso número de ideas que son ciertas y con el todavía más escaso de las que sirven para la vida real .
En el mundo académico, las ideas falsas no son más que falsas, y las inútiles pueden resultar divertidas. En la vida política, las ideas falsas pueden arruinar las vidas de millones de personas y las inútiles pueden malgastar recursos preciosos . La responsabilidad de un intelectual respecto a sus ideas es seguir sus consecuencias hasta donde le lleven. La responsabilidad de un político es controlar esas consecuencias e impedir que hagan daño.
He aprendido que el buen juicio en política es distinto del buen juicio en la vida intelectual . Entre los intelectuales, juzgar es cuestión de generalizar e interpretar hechos concretos como ejemplos de alguna gran idea. En política, una cosa es lo que es, y nada más . Lo concreto importa más que las generalidades. La teoría estorba.
La cualidad que sirve de base a los políticos para tener buen juicio es el sentido de la realidad. "Lo que se llama sabiduría en los estadistas", escribe Berlin, en referencia a figuras como Roosevelt y Churchill, "es comprensión , más que conocimiento; cierta familiaridad con los hechos relevantes que les permite saber qué encaja con qué; qué puede hacerse en determinadas circunstancias y qué no, qué métodos van a ser útiles en qué situaciones y en qué medida, sin que eso quiera necesariamente decir que son capaces de explicar cómo lo saben ni incluso qué saben". Los políticos no pueden permitirse el lujo de refugiarse en el mundo interior de sus propias suposiciones. No deben confundir el mundo existente con el que les gustaría que fuese . Deben ver Irak —o cualquier otro sitio— tal como es.
Como antiguo profesor en Harvard, he tenido que aprender que el sentido de la realidad no siempre florece en las instituciones más selectas. Es la virtud de la calle por excelencia . La forma de comprender mejor la realidad es enfrentarse cada día al mundo y aprender, sobre todo de nuestros errores , lo que sirve y lo que no.
El hecho de haber enseñado ciencia política me permite decir que es una disciplina que promete más de lo que luego cumple. En la práctica política, no existe una ciencia de la toma de decisiones . Lo que un político tiene que juzgar cada día es, sobre todo, a las personas: en quién confiar, a quién creer y a quién evitar . La cuestión de la lealtad surge a diario: ¿quién va a traicionarme y quién me será fiel? Tener buen criterio en estos asuntos, tener sentido de la realidad, exige confiar en instintos muy poco científicos sobre la gente.
El sentido de la realidad no es sólo un sentido del mundo tal como es, sino como podría ser. Los grandes políticos, como los grandes artistas, ven posibilidades que otros no ven, y tratan de convertirlas en realidades. Para llevar a cabo algo nuevo, el político necesita tener sentido de la oportunidad , saber cuándo dar el salto y cuándo permanecer quieto. En una frase famosa, Bismarck definió el juicio en política como la capacidad de oír, antes que nadie, el distante ruido de los cascos del caballo de la historia . Pocos oyen venir a los caballos. En una ocasión preguntaron a un primer ministro británico qué era lo que hacía más difícil su trabajo. "Los acontecimientos, querido amigo", contestó con pesar. Ante un acontecimiento inesperado, el virtuoso de la política debe ser capaz de improvisar y aparecer lo más imperturbable posible .
La improvisación puede no evitar el fracaso. La partida suele acabar en llanto. Muchas carreras políticas acaban mal porque los políticos experimentan una situación humana: la de escoger entre cosas opuestas sin poder recurrir más que a unos instintos corrientes y una información falible. Por supuesto, una mejor información y unos criterios objetivos para tomar decisiones pueden reducir el margen de incertidumbre. Los puntos de referencia para juzgar los progresos en Irak pueden ayudar a decidir cuánto tiempo más debe quedarse Estados Unidos. Sin embargo, a la hora de la verdad, nadie sabe —porque nadie puede saber— qué pueden hacer todavía los estadounidenses para lograr la estabilidad en Irak.
La decisión que tiene que tomar Estados Unidos sobre Irak es paradigmática del tipo más difícil de juicio político . Tanto marcharse como quedarse tienen un costo inmenso. Hay una cosa clara: el precio de quedarse lo pagarán los estadounidenses, mientras que el precio de irse lo pagarán, sobre todo, los iraquíes. Sólo esto ya indica qué decisión es la más probable.
Pero tienen que decidir, y pronto . Los retrasos y vacilaciones son más caros aún en la política que en la vida privada. El letrero que tenía Truman sobre su mesa —"¡La responsabilidad final es mía!"— nos recuerda que los que toman buenas decisiones en política suelen ser los que no rehúyen la responsabilidad de hacerlo . En el caso de Irak, decidir qué rumbo emprender ahora exige reconocer que todos los planes hasta ahora han fracasado.
En política, aprender de los fracasos es tan importante como explotar los éxitos . La frase de Samuel Beckett "Fracasa otra vez. Fracasa mejor" expresa la tenacidad necesaria para practicar el arte de la política.
En la vida privada, el precio de nuestros errores lo pagamos nosotros mismos. En la vida pública, los primeros que pagan los errores de un político son otros . El buen juicio significa saber ser responsable ante quienes pagan el precio de nuestras decisiones. Cuando Edmund Burke fue elegido por primera vez para la Cámara de los Comunes, aseguró a los electores de Bristol que nunca sacrificaría su propio criterio a las presiones que ejercieran ellos para imponer su opinión. No estoy seguro de que a mis votantes les gustara oír eso. A veces, sacrificar mi criterio en favor del de ellos es la esencia misma de mi trabajo. Siempre, claro está, que no sacrifique mis principios .
Quienes de verdad mostraron buen juicio sobre Irak fueron los que predijeron las consecuencias que luego hemos visto, pero también valoraron acertadamente los motivos que había detrás de la acción. No es que supieran más cosas que nosotros. Reflexionaron, como todos, a partir de las mismas informaciones equivocadas y el mismo desconocimiento de la historia de Irak, partidista y llena de fisuras. Sin embargo, lo que no hicieron fue confundir los deseos con la realidad . No supusieron que era posible construir un Estado libre sobre los cimientos de 35 años de terror policial.
Yo cometí este error y alguno más. La lección que he aprendido es que debo dejarme influir menos por las pasiones de personas a las que admiro —los exiliados iraquíes, por ejemplo— y dejarme llevar menos por mis emociones. En 1992 visité el norte de Irak. Vi lo que Saddam Hussein había hecho a los kurdos y no me cupo duda de que tenía que irse . Mis convicciones tenían toda la autoridad de la experiencia personal, pero, precisamente por eso, dejé que la emoción me impidiera hacerme las preguntas fundamentales.

Copyright Clarín y Michael Ignatieff, 2007. Distribuido por The New York Times Syndicate .

Cuidado que viene el lobo!

Oscar Thomas y Daniel Llano

Cabe preguntarse: cuando el pastorcito mentiroso gritaba que venía el lobo, ¿no estaba trabajando inocentemente para el temible depredador? Porque, más allá de la responsabilidad del pastorcito, el que terminó llenándose la panza -sin recibir ningún garrotazo- fue el lobo.
La campaña de desprestigio lanzada contra la administración renovadora desde los medios afines al ingeniero Puerta, se asemeja mucho al grito destemplado del pastorcito. Cada punto criticable o inventado sobre el gobierno provincial es llevado a título catástrofe en los diarios, o merece horas de programación radial, intentando producir desgaste y el descontento de la gente con la renovación. Si esos puntos se aclaran después, o terminan deslavándose por falta de respaldo probatorio e incluso de lógica o razonabilidad, no importa, el resultado buscado se ha logrado.
Y es aquí donde podemos observar la reedición de dos antiguas fábulas, ahora fusionadas. La del pastorcito mentiroso, y la del lobo que se disfrazó de oveja.
Tras algunas décadas de democracia, y gracias a la libertad de comunicarse que ofrece Internet, donde todo resulta más difícil de esconder, los argentinos hemos aprendido que existe una raya que divide dos opciones. Esa raya es la que separa a los que están interesados por la gente, de aquellos que están interesados sólo en ellos mismos. O en sus intereses de grupo y de clase.
No se trata de ningún reduccionismo político, simplemente una constatación práctica de lo que cada uno hizo al estar al frente de la administración pública. Es decir que la madurez política del pueblo argentino -y en especial del misionero- deviene de los hechos, no de las palabras. Y es en los hechos donde se termina referenciando mayoritariamente la gente, más allá de las campañas de prensa que intentan disfrazar a lobos de corderos.
Para profundizar un poco, comencemos por algunas preguntas sencillas. ¿Cómo hace el productor, el pequeño empresario, el colono o cualquier representante del esforzado mundo del trabajo para desarrollarse, alimentar a su familia, enviar sus chicos a la escuela y curarse en salud? Pues poniendo el esfuerzo de su trabajo al servicio de estos objetivos, y utilizando el ahorro para invertir acertadamente y en el momento justo. Si hacemos una traslación de este esquema sencillo hacia el más complejo de una provincia, podemos decir que el ahorro de una comunidad es tanto el acumulado por tributaciones como los fondos que de ese esquema se destinan a financiar emprendimientos convenientes para el buen desempeño de dicha provincia.
El Banco de la Provincia de Misiones (BPM), hasta antes de la gobernación del ingeniero Puerta, era la caja inversora que la gente de trabajo utilizaba para crecer . Se trataba de una institución que apoyaba a los emprendedores, quienes satisfechos devolvían los créditos a una tasa de cumplimiento muy superior a la de otras instituciones. Porque el colono, el productor, el emprendedor en general de Misiones, son gente de palabra. Ahora bien, ese instrumento de ahorro y financiamiento del pueblo misionero comenzó a mostrar carpetas de créditos voluminosas e impagas, no precisamente por falta de pago de los pequeños clientes, sino por el manotazo e incumplimiento de los grandes (los llamados "clientes políticos").
Esa falta de operatividad para el objetivo que había sido creado (fomentar el crédito para el desarrollo provincial) fue escondida detrás de una supuesta ineficacia en las prestaciones. El primer paso del entonces gobernador Puerta, fue plantear al Poder Legislativo una ley de privatización bastante interesante, que proponía entre otras cosas que no se perdiera la potestad estatal mayoritaria sobre el BPM, y que sólo se privatizase la administración y otros etcéteras varios de muy buen tono político. Claro que, a la vuelta de la esquina, estaba el lobo escondido. Resulta que también había una ley de "superpoderes", que otorgó al supuestamente bien intencionado pastorcito -perdón, ingeniero- la potestad de privatizar absoluta e inconsultamente la herramienta de ahorro y financiamiento de todo un pueblo, por decreto!!
Desde ese momento, sólo los poderosos tuvieron acceso al crédito. Sólo los que poseían el respaldo patrimonial suficiente podían adecuarse a las tasa de una banca privada sin competencia. El modelo se generalizó a nivel país. Lentamente comenzaron a secarse las fuentes de crédito para los menos pudientes, y también -con el devenir del tiempo- para muchos medianos e incluso grandes empresarios.
Pero claro, había que hacer obra pública a pesar de que la economía declinaba año tras año. Y si no se contaba con herramientas tributarias o financieras propias, lo más fácil era adquirir deuda. Y vaya si Puerta lo hizo, dejó más de 3.000 millones de pesos de lastre sobre la espalda de los misioneros.
Para no desentonar con la política instrumentada de cerrar el BPM y entregar su operatoria a la banca privada por unos pocos millones de pesos y muchos desempleados en la calle y deudas a cargo del erario público, continuó con el cierre de cooperativas, aserraderos y secaderos de yerba o té, y el abandono a su buena suerte al colono misionero.
Esta historia comenzó a cambiar en Misiones desde diciembre de 1999, a pesar de las bajadas de línea a un gabinete hostil que hizo lo que mandaba el capanga hasta diciembre del 2003, a pesar de que el modelo concentrador estalló al ritmo de los cacerolazos y del grito de que "se vayan todos", a pesar de una legislatura que se dedicó a obstruir sistemáticamente todas las medidas de reordenamiento estatal hasta el 2005. El crédito renació en Misiones, a pesar de no contar ya con un banco provincial. No sólo el crédito financiero, sino el crédito que significa acceder con tasas bajas a la compra de un tractor, a poner en valor emprendimientos de todo tipo, a desarrollar una carrera profesional, a adquirir herramientas, animales e insumos con préstamos a la tasa más baja del país, porque está subsidiada con recursos propios, no con más deuda.
¿Cuánto tiempo podía resistir un país como la Argentina con un signo monetario superior al de su vecino Brasil, más grande territorialmente, más poblado y más desarrollado económicamente? Sólo el tiempo en que la fantasía endeudadora se pudiera sostener. De la misma forma que los lobos dejaron a gran parte del pueblo argentino cautiva de sus tarjetas de crédito con saldo negativo, lo dejaron al país. Pasamos de deudores a cautivos de la usura, indefensos corderos ante la voracidad de los lobos financieros de todo el mundo. No importaba la gente, sino los negocios de unos pocos.
Y ésta es la sencilla y clara línea divisoria que separa a los proyectos en la Argentina y en Misiones. Lamentablemente, de este lado de la raya no tenemos la coherencia fría que tienen los que miran todo desde el punto de vista de su propio interés. Abundan los confundidos que le hacen el juego al lobo (como si a esta altura pudiéramos darnos ya el lujo de pastorcitos ingenuos).
Por eso, cuando -ante las próximas elecciones- se tiran nombres de candidatos al voleo, se presentan opciones de todo tipo con un pie de un lado de la raya y el otro en el del vecino, o se bombardea a la opinión pública con eslóganes y consignas vacíos, es bueno no confundirse. No estamos hablando de consignas, nombres u opciones un poco buenas y otro poquito malas, de gente más o menos simpática o de sonrisas vendedoras. Estamos hablando, doña Rosa, de dos proyectos tan diferentes como el agua y el aceite. Uno, el de PUERTA, que busca el interés de unos pocos. Y otro, el de la RENOVACIÓN, que busca el interés de toda la gente.
Y esto es un hecho.