miércoles, 29 de agosto de 2007

El Hombre el Arco y la Flecha


Por Oscar Thomas y Daniel Llano

Dice un antiguo proverbio chino que “deben ser correctos el hombre, el arco y la flecha, porque si alguno de ellos no es el adecuado, se errará el blanco”.

No sirve de nada un proyecto político, una estrategia que se proponga al conjunto de la ciudadanía, sin una conducción idónea para llevar esa propuesta adelante. Este es el hombre del proverbio chino.

Pero si el arco -el instrumento- no es el adecuado, de nada servirá una buena conducción. En este caso, el arco del proverbio chino es el equipo de trabajo que aplica el proyecto en el terreno, en el campo de la sociedad real. Un dirigente sin equipo es como un arquero sin arco, le meten goles de todos lados.

Y finalmente, si la flecha está torcida o desbalanceada, tampoco se logrará el objetivo final, que es acertar el blanco. En este caso, se trata de las políticas que terminan afectando directamente la vida de la gente. Son las decisiones centrales en cuanto a salud, educación, seguridad, trabajo y servicios. Son las decisiones en infraestructura, en obra pública. Y también las de recaudación, ahorro e inversión.

En el caso de la flecha no hay lugar a discusiones: se acierta o yerra el blanco. No hay medias tintas. Se puede discutir sobre el color del mar, si es azul grisáceo o gris verdoso, pero lo que no se puede discutir es que el mar es salado. Es decir, se juzga por el resultado.

Hoy asistimos a la resurrección de figuras notorias de la década de los 90, bajo el sello de un Partido Justicialista fragmentado y en crisis, donde algunos de sus candidatos no saben (como en el caso del ingeniero Puerta) si van de gobernadores o de presidentes. Al verlos juntos de nuevo, no podemos menos que preguntarnos cuál ha sido el legado que dejaron al pueblo argentino esos dirigentes del pasado, hoy con ganas de reestrenarse. Es decir, los resultados concretos de sus políticas.

Para ser justos, podemos alegar en su favor que gracias a la apertura de nuestro mercado accedimos a determinadas tecnologías, antes lejanas para el poder adquisitivo argentino. También que se hicieron obras de infraestructura de gran tamaño. Y por supuesto, que fuimos, como nunca, reconocidos en el mundo con visitas e invitaciones extranjeras de todo tipo. Todos estos argumentos están siendo esgrimidos por esa dirigencia del pasado, como justificativo para lograr que la voluntad popular los elija de nuevo.

Pero reflexionemos un poco. Analicemos el costo que ha tenido para el pueblo argentino el acceso a cierta tecnología de punta, por ejemplo. Antes la tecnología quizás no era tan de punta, pero era nacional. Con la apertura cavallista, se terminaron de enterrar aquellos intentos de la década del 50, cuando un gobierno nacional (en serio nacional) pretendía fabricar autos, aviones, navíos, centrales atómicas, teléfonos y por qué no heladeras, cocinas y lavarropas también 100 % nacionales. En los 90 dimos un salto momentáneo, pero como el dinero con que comprábamos esa tecnología estaba artificialmente inflado, ese salto fue una fantasía. Hoy tenemos que comprar afuera hasta los cartuchos de la compu, y a precio dólar de verdad.

En cuanto a las grandes obras de infraestructura, cabe decir que éstas se hacen al servicio de la producción. Pero si un país no produce, ¿para qué quiere rutas, por ejemplo? ¿Tal vez para favorecer a empresas amigas? El recuerdo de nuestras vacías carreteras nacionales, con escasos camiones, alcanza para confirmar este acierto. Si la política económica no apunta al desarrollo, los productores no pueden pagar impuestos. Si no se pagan impuestos, las obras se hacen con deuda. Y esa deuda no la pagan los políticos que las contrajeron, sino los propios productores y el pueblo en general.

Ahora entendemos por qué fuimos tan bien recibidos en todo el mundo en aquella época. Fuimos, nada más y nada menos, un excelente negocio para quienes querían quedarse con el patrimonio acumulado de los argentinos. Para aquellos que, conociendo nuestra capacidad productiva y nuestra inteligencia en el trabajo, sabían que las deudas contraídas no desaparecen por un cambio de administración pública. Los políticos son contingentes, la Nación es pura permanencia.

En definitiva, el pasado los condena. Ni el hombre, ni el arco ni la flecha eran los adecuados.

Pero hablemos en positivo. Porque si hablamos sólo del pasado, sin proponer opciones hacia el futuro, estaríamos cayendo en el mismo pecado de pretender unir voluntades a partir de dudosas premisas.

La debacle de un modelo concentrador, aperturista y endeudador abrió nuevos rumbos en el país y en la provincia. El futuro comenzó a surgir como un tiempo digno de ser vivido, y no como la amenaza de ejecuciones prendarias a repetición. Esto no es simplemente haber dejado de lado prácticas políticas espurias. Significa -en lo profundo- que una nueva esperanza está anidando en el pueblo argentino.

Después de haber vivido (y sufrido) tres procesos de “plata dulce” (Martínez de Hoz-Videla, Sourruille-Alfonsín y Caballo-Menem) los argentinos aprendimos que los globos macrofinancieros no tienen nada que ver con nuestro espíritu creativo, trabajador y nacional. Pueden significar mucha pizza y champán en su momento, pero después, a la hora de pagar la provista, los que invitaron a la parranda se hicieron humo y hubo que ponerse.

Por eso, la estabilidad económica a partir de un signo monetario adecuado al tamaño de nuestro país no es un tema menor. Tampoco lo es haber recuperado la capacidad de financiar producción e inteligencia a partir de recursos genuinos y no con endeudamiento. Y mucho menos aún lo es haber establecido una estrategia de largo plazo, hoy defendida mayoritariamente por empresarios y productores. Porque todo eso significa futuro. Significa estabilidad y significa seguridad para invertir, para crecer, para formar una familia o elegir una profesión.

Nada de esto está incluido en la propuesta de la vieja dirigencia. No quieren hablar en serio del futuro, sólo aceptan hablar sobre supuestos logros del pasado, pero muy especialmente eligen declamar sobre el presente, señalando errores, denunciando supuestas corrupciones, colocándose como fiscales morales de la Nación. Cualquier ronda de amigo en una pizzería, con cerveza y sin champán, les diría a estos avivados: “está bien, vení, pero antes ponete porque siempre te rajás sin pagar”. Lo malo para este remozado frente político es que la deuda que dejaron es tan grande, que no les alcanza con todas sus amplias posesiones para responder el saldo. Y esto sólo si hablamos de lo material, porque la deuda espiritual es más grande.

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