Por Tomás Llano
Respecto de las figuras que aparecen como sus oponentes en la oferta lectoral de octubre, el candidato Ramón Puerta recordó que Maurice Closs y Pablo Tschirsch “no pueden separar los discursos de los hechos que los siguen vinculando a la actual gestión gubernamental”. Como si esto fuera pecado. Puerta aseguró además que el gobernador Rovira utiliza “un estilo sordo a los reclamos, necesidades e intereses de la gente y que se caracteriza por la ausencia de un diálogo genuino y la falta de contacto entre gobernantes y gobernados”.
En dos frases, Puerta desnudó en profundidad cuál es su filosofía política, si tal denominación puede aplicarse a los casi epilépticos cambios de postura, de candidaturas y de opciones que ha realizado en los últimos meses. Por un lado, cataloga las realizaciones renovadoras (“los hechos” según sus propia palabras) como aspectos que restarían votos -en lugar de sumárselos- a los candidatos mencionados. Por otro, entiende la gestión de Carlos Rovira como un desempeño reacio a sentarse a conversar.
En ambos aspectos se equivoca. En el primero, porque resulta claro -a la luz de los hechos- que la gestión renovadora ha sido rica en realizaciones y avances, a pesar del corto tiempo de administración, luego del cambio legislativo del 2005 que por fin permitió destrabar todas las leyes transformadoras que se habían empantanado en una Cámara hostil. Mal puede resultar entonces contraproducente aparecer emparentado a estas políticas. Y así lo entiende el pastor Tchirsch, cada vez más complicado en su discurso para explicar por qué rompió con la Renovación, si no ve que se hayan cometido errores y a la vez afirma que la línea política es correcta.
En el segundo aspecto que se equivoca Puerta, y que da origen al título de esta nota, es en cuanto a lo que significa “diálogo político”. Para Puerta, dialogar significa escuchar a todos y no cumplir con nadie, a la vieja usanza de los caudillejos y capangas provinciales, con muchas sonrisas y abrazos para todos, pero nada de trabajo y desarrollo. Dialogar significa juntar a todos para las elecciones, y después hacer asados con el ingeniero Macri para repartirse el tesoro provincial (hay que recordar que, en su época, las empresas de Mauricio y su padre concentraron el 75 % de la obra pública provincial).
Para esta óptica, analizar, planificar y realizar obras y servicios con sentido social no es dialogar. Pero claro, es la distancia que media entre los hechos y las palabras la que les hace perder perspectiva a los miopes.
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