Por Tomás Plano
“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, porque eres tibio, y no frío ni caliente, estoy por vomitarte de mi boca” (La Sagrada Biblia, Apocalipsis 3:15-16)
Tibio es todo aquel que no arriesga, que aguarda astutamente a que la propia realidad le demuestre cuál es la mejor opción para su propio interés. En el sentido bíblico, esa tibieza se relaciona con un proyecto y se refiere a aquellas personas incapaces de jugarse por una idea o un credo, y que dudan ante la necesidad del compromiso por razones egoístas. Ese egoísmo es e que les señala el camino de la oportunidad.
En política, se califica de oportunista a toda persona que carece de principios fijos y que espera los acontecimientos para amoldar a ellos sus opiniones. Entran en esta categoría tanto aquellos que permanecen en una falsa actitud de neutralidad hasta que comience a surgir claramente un vencedor, como los que medran al interior de una fuerza sin una pertenencia fuerte en cuanto a convicciones, y que no dudan en saltar cuando los lineamientos de ese espacio no coinciden con sus propios intereses egoístas.
La historia política argentina es rica en anécdotas de este tipo, no exentas de humor e incluso con apodos ya instalados en el acervo popular. Están incluidos en ellas desde los que saltan el cerco cuando les conviene a sus intereses, sin pudor alguno, a quienes se denomina “panqueques”, hasta aquellos que se suman a la fuerza victoriosa cuando no pudieron derrotarla, las famosas “agrupaciones” tituladas con la fecha del día posterior a la elección en que resultaron perdedoras.
En este sentido, la verdadera Renovación ha salido fortalecida luego de las idas y venidas que se suscitaron con posterioridad al plebiscito que impidió una nueva reelección para el gobernador Carlos Rovira. Confundiendo a este espacio exclusivamente con la figura del propio gobernador, más de uno se apresuró a dar el salto para tratar de ocupar ese espacio de poder, confundiendo ese criterio personalista y caudillistas con un programa cargado de apoyo popular. La lectura fue: “nombre por nombre, por qué no el mío?”. A la luz de las encuestas que ya comienzan a conocerse, ese tipo de oportunismo estará enfrentándose hoy a la dura realidad de que no se traba de nombres, sino de proyectos.
Por otro lado, los apresurados que dieron por enterrada a la Renovación antes de tiempo, estarán hoy lamentándose por su apresuramiento en saltar el cerco, y además viendo con tristeza cómo se alejan las prebendas que buscaban asegurarse, mientras que el espacio que tenían se ha diluido bajo el efecto destructivo de la gula por el poder. Como bien dice el dicho, “más vale pájaro en mano...”
Entre la militancia de fierro, esa que se patea los barrios y los pueblos llevando una palabra de esperanza y no ofreciendo cargos o repartiendo prebendas (la mayoría de las veces ilusorias, como bien lo demuestra la historia) se estima que los que optaron por irse les han hecho la mejor gauchada. Están convencidos de que estos ex compañeros de militancia han sincerado su doble personalidad y la gran falta de coherencia en su accionar que surge como fruto de jugar a dos puntas. Para ellos, el sentido común marca sin vueltas que, a quienes tiene un cargo importante en un gobierno por el cual deben corresponsabilizarse en todos los hechos producidos durante la gestión y cambian de criterio 90 días antes de las elecciones, sólo se los puede llamar oportunistas.
“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, porque eres tibio, y no frío ni caliente, estoy por vomitarte de mi boca” (La Sagrada Biblia, Apocalipsis 3:15-16)
Tibio es todo aquel que no arriesga, que aguarda astutamente a que la propia realidad le demuestre cuál es la mejor opción para su propio interés. En el sentido bíblico, esa tibieza se relaciona con un proyecto y se refiere a aquellas personas incapaces de jugarse por una idea o un credo, y que dudan ante la necesidad del compromiso por razones egoístas. Ese egoísmo es e que les señala el camino de la oportunidad.
En política, se califica de oportunista a toda persona que carece de principios fijos y que espera los acontecimientos para amoldar a ellos sus opiniones. Entran en esta categoría tanto aquellos que permanecen en una falsa actitud de neutralidad hasta que comience a surgir claramente un vencedor, como los que medran al interior de una fuerza sin una pertenencia fuerte en cuanto a convicciones, y que no dudan en saltar cuando los lineamientos de ese espacio no coinciden con sus propios intereses egoístas.
La historia política argentina es rica en anécdotas de este tipo, no exentas de humor e incluso con apodos ya instalados en el acervo popular. Están incluidos en ellas desde los que saltan el cerco cuando les conviene a sus intereses, sin pudor alguno, a quienes se denomina “panqueques”, hasta aquellos que se suman a la fuerza victoriosa cuando no pudieron derrotarla, las famosas “agrupaciones” tituladas con la fecha del día posterior a la elección en que resultaron perdedoras.
En este sentido, la verdadera Renovación ha salido fortalecida luego de las idas y venidas que se suscitaron con posterioridad al plebiscito que impidió una nueva reelección para el gobernador Carlos Rovira. Confundiendo a este espacio exclusivamente con la figura del propio gobernador, más de uno se apresuró a dar el salto para tratar de ocupar ese espacio de poder, confundiendo ese criterio personalista y caudillistas con un programa cargado de apoyo popular. La lectura fue: “nombre por nombre, por qué no el mío?”. A la luz de las encuestas que ya comienzan a conocerse, ese tipo de oportunismo estará enfrentándose hoy a la dura realidad de que no se traba de nombres, sino de proyectos.
Por otro lado, los apresurados que dieron por enterrada a la Renovación antes de tiempo, estarán hoy lamentándose por su apresuramiento en saltar el cerco, y además viendo con tristeza cómo se alejan las prebendas que buscaban asegurarse, mientras que el espacio que tenían se ha diluido bajo el efecto destructivo de la gula por el poder. Como bien dice el dicho, “más vale pájaro en mano...”
Entre la militancia de fierro, esa que se patea los barrios y los pueblos llevando una palabra de esperanza y no ofreciendo cargos o repartiendo prebendas (la mayoría de las veces ilusorias, como bien lo demuestra la historia) se estima que los que optaron por irse les han hecho la mejor gauchada. Están convencidos de que estos ex compañeros de militancia han sincerado su doble personalidad y la gran falta de coherencia en su accionar que surge como fruto de jugar a dos puntas. Para ellos, el sentido común marca sin vueltas que, a quienes tiene un cargo importante en un gobierno por el cual deben corresponsabilizarse en todos los hechos producidos durante la gestión y cambian de criterio 90 días antes de las elecciones, sólo se los puede llamar oportunistas.
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