Para Reflexionar
El nuevo escenario mundial cambiará la percepción del riesgo, lo que impactará en el crecimiento de la economía. Ricardo Arriazu ECONOMISTA
La inyección coordinada de miles de millones de dólares por parte de los principales bancos centrales busca evitar una crisis semejante a la de 1929.
El inevitable ajuste de la economía de Estados Unidos es la principal causa de las recientes caídas en los mercados mundiales. El gasto nominal norteamericano ha mantenido en los últimos años una tasa de crecimiento superior a la sostenible en el largo plazo. Esto motivó una fuerte expansión de la actividad económica y un progresivo deterioro de sus cuentas externas. Sin embargo, a medida que la utilización de los recursos se acercó a los niveles de "pleno empleo", aumentó la presión sobre los precios haciendo que la inflación se ubicara por encima de la tasa considerada "aceptable" por la Reserva Federal.
Esta dinámica no se explica por el déficit fiscal norteamericano (que se ha ido reduciendo) sino por el crecimiento del consumo privado debido al incremento en el precio de las viviendas. El efecto riqueza generó tasas de ahorro negativo en el sector privado, situación que se debía ajustar.
En un primer momento, el anterior presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, intentó afectar expectativas a través de sus discursos, lo cual no tuvo efecto. Ante este fracaso, la Reserva Federal optó por el incremento en las tasa de interés de referencia. Esta medida buscaba frenar el consumo para atenuar las presiones inflacionarias.
Durante los años de auge prácticamente nadie quería perder la oportunidad de mejorar su patrimonio mediante la compra de inmuebles. El mercado de préstamos hipotecarios vio crecer la porción de los denominados créditos "sub-prime" (préstamos a personas que no califican para operar a través del sistema bancario). La amplia liquidez existente llevó al abandono de las más básicas normal prudenciales y muchas entidades competían en su afán de expandir su cartera hipotecaria, menospreciando el riesgo.
Muchas transacciones se realizaron financiando hasta el 95% del valor de la vivienda, con préstamos a tasas variables o escalonadas. Se buscaba facilitar la compra y los pagos de las primeras cuotas. Estas operaciones se ubican en el centro de la actual crisis financiera. La suba de las tasas de interés afectó al mercado inmobiliario. Las mayores tasas encarecieron los créditos y disminuyeron la demanda de viviendas. Los stocks de inmuebles sin vender aumentaron considerablemente y los precios frenaron su crecimiento. Así, el aumento de los costos y la caída en el valor de los activos impactó con fuerza sobre la situación patrimonial de las personas, afectando la capacidad de cancelación y refinanciación de los créditos. Muchos deudores dejaron de pagar sus préstamos, y cerca de un millón de viviendas pasaron a formar parte de la cartera de las entidades que financiaron su compra. La caída en el valor de estos activos fue tal vez más relevante de lo que se esperaba. Los fondos dedicados a este tipo de operaciones sufrieron las primeras pérdidas aunque la caída no frenó allí.La mayoría de estos préstamos riesgosos fueron realizados por fondos especializados, pero con aportes de otras entidades financieras, por lo que al generalizarse las pérdidas de estos fondos los problemas crediticios se extendieron a otros mercados y a otras entidades. En una economía globalizada (en particular en lo financiero) es imposible impedir que los problemas financieros en un país determinado se transmitan a otros mercados. Las inversiones europeas en el mercado inmobiliario de los Estados Unidos superaban los cien mil millones de dólares. La mitad de estas inversiones fueron canalizadas por fondos especializados, pero el resto fue financiado directamente por entidades financieras. Las restricciones al retiro de fondos por parte del banco francés Paribás (corralito) reflejan la profundidad y expansión de la crisis, repercutió negativamente en los mercados europeos y generó problemas de liquidez en el sistema financiero. La creciente preocupación de los inversores hizo que estos buscaran posiciones más seguras, reduciendo activos de riesgo (entre ellos, acciones y bonos en países emergentes).En momentos de baja percepción de riesgo, los inversores pidieron prestado en Japón y en Suiza para colocar fondos en plazas más rentables ("carry trade"). En consecuencia, se depreciaba el yen y se apreciaban la mayoría de las otras monedas o aumentaban las reservas. Ese dinero era luego destinado a la compra de activos en esos países (bonos, acciones e inmuebles), generando aumentos de precios que se reflejaban en una baja del riesgo país.
Al cambiar la percepción y el apetito por el riesgo, se venden estos activos provocando caída de sus precios, suba del dólar y caída de reservas. Los fondos provenientes de estas ventas se destinan a cancelar créditos (apreciación del yen) y a la compra de activos considerados de bajo riesgo (bonos en EE.UU. y también en Europa) con la consiguiente suba de sus precios (bajas de tasas de interés). Al ir a EE.UU., el dólar se aprecia.
El nuevo escenario mundial nos mostrará seguramente un cambio sostenido en la percepción del riesgo. Las mayores tasas y un mercado de crédito más acotado impactarán en el crecimiento de la economía mundial y, especialmente, en el de las economías en desarrollo.Este ajuste era previsible hace más de un año. La creación de fondos anticíclicos y otras medidas de precaución eran aconsejables. En este nuevo contexto internacional, los países prudentes gozarán de mayor confianza y podrán superar las turbulencias con más tranquilidad. Los imprudentes, en cambio, pagarán el costo de sus excesos.
Argentina podrá atenuar los vaivenes de la economía mundial si los precios agrícolas se mantienen. Los bajos "stocks" de productos agrícolas son, por lo tanto, una buena noticia.
martes, 4 de septiembre de 2007
La crisis financiera daña a los países en desarrollo
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